Victoria Ocampo, país, cultura y determinación

Los argentinos, a falta de hacerlo como sociedad en su conjunto, se amarran y presumen orgullosos de los logros de personalidades surgidas del mundo del  ambiente artístico, del deporte y de la cultura. Aferrándose tal vez como a una  salvaguarda, de que la ansiada posibilidad de resurgir como nación de referencia en el mundo, les sea, al menos para las próximas generaciones, de cercana concreción 

Como una cruenta retahíla del destino, es habitual oír la mención de que tan sólo cien años atrás, el país se situaba en el séptimo puesto en el escalafón de las naciones más desarrolladas. Fue cuando a caballo del empuje que representaba la oligarquía agrícola ganadera, Argentina alcanzaba ese logro que por su importancia a nivel mundial, le hizo valer el mote de “granero del mundo”.

Ligada de alguna manera a esta historia, la familia Ocampo fue una digna exponente del buen saber de los linajes de fuste. Por ello desde temprana edad, la autora (1890-1979) realizó innumerables viajes al exterior, donde se interesó por todo aquello que le reportara conocimiento a sus sentidos, como artífice quizás de una forma de relacionarse con aquellos lejanos ecos que emitía el planeta. Largos periplos que supo complementar con el aprendizaje de idiomas, con los que con posterioridad alimentaría la comunicación epistolar con las más variadas personalidades de su época.

Victoria escribió textos y ensayos sobre los temas más variados, aún así y comprendiendo su importancia, decidió volcarse a la difusión del trabajo de otros escritores tanto nacionales como del extranjero, entregándose por completo a la fundación de la editorial y revista Sur, publicación que con los años se convertiría en un verdadero hito de la difusión literaria en Latinoamérica.

Se preocupó además de que personajes de las más variadas disciplinas visitaran su casa para promover el diálogo y la diversidad entre culturas. El suyo, un palacete situado a metros del río de la Plata en la tranquila localidad de Beccar fue una verdadera torre de Babel. Por allí pasaron príncipes, presidentes, primeros ministros y, por supuesto, gente de sapiencia en el amplio sentido del término: el escritor indio Rabindranath Tagore, el inglés Graham Greene, el arquitecto francés Le Corbusier o el pianista ruso Igor Stravinsky.

La escritora, de quien se cumplen cuarenta años de su fallecimiento, fue dueña de ideas muy propias, vaya como ejemplo que hasta llegó a corregir la disposición arquitectónica de los mismos planos que de su casa había hecho el mencionado arquitecto. De fuerte personalidad, detestaba la banalidad y la estupidez, y no dudada en contraponerse a los poderes de su tiempo, como cuando lo hizo con el gobierno del general Perón, entonces a cargo de la presidencia del país sudamericano.

En su madurez, consciente de visualizar el futuro, temiendo que su legado fuera utilizado por partidos de diferente corte político, decidió donar su casa  a la Unesco, siendo el único bien material que posee el organismo en el mundo entero. La misma propiedad que hoy a modo de exposición de vida es mostrada con orgullo, como un verdadero remanso de cultura y de placer para los sentidos,  siendo renovado objeto de visita desde los lugares más recónditos. Legado de una mujer que, acertada o no en sus convicciones, defendió sus ideales impulsada por la igualdad de oportunidades entre géneros, con una vocación en el sentido amplio y universal del ser humano.

El siguiente Testimonio, con firma del crítico César Magrini, apareció en las páginas del número 272 de la revista Sur.

Victoria Ocampo: Tagore en las barrancas de San Isidro (Buenos Aires, 1961)

“Verdadero descubrimiento de la alegría de este trabajo. Lo que Victoria Ocampo dice deberle a Tagore –lo que le debemos todos- podemos a nuestra vez decirlo de su libro. Resulta difícil comentar cada nueva obra de Victoria Ocampo. Parece como si ella hubiera usado ya antes todas las palabras, desposeyéndolas. Porque decimos “testimonio”, y luego recordamos que toda su vida ha sido eso, y que el mismo nombre toma, casi invariablemente, cada escrito suyo. Testimonio: así vuelve a definir a estos breves, verticales, ricos capítulos: ‘El testimonio que hoy traigo es tan sólo un ‘utterance of feeling`, como diría Tagore. Algo que hubiera podido ser poema, si tuviera el don de transformar en poemas una lágrima o una sonrisa. Pero no lo tengo. Y la lágrima permanece al estado de lágrima de mis ojos, y la sonrisa de sonrisa de mis labios`.

En este tono, en esta luz atenuada corren las páginas. Un Tagore desconocido, o mejor, un Tagore que confusamente habíamos llegado a intuir por medio de la lectura de sus poemas, se corporiza así ante nosotros. Victoria Ocampo lo rescata tanto en la anécdota menor como en el contorno mayor de su pensamiento y de su acción; porque cada página que Tagore escribió era eso: él mismo. Pero faltaba la mano que nos hiciera recorrer los rincones inexplorados del poeta y del hombre, que por los hombres, y sólo para ellos, escribía, y que lo hacía como un ejercicio de santidad. Camino silencioso pero elocuente, que traza, ahora, este libro. Camino que tanto necesitábamos; y que no desdeña la nota tierna, el recuerdo amable, hasta risueño, y que llega a darnos, también, un paisaje acabado de la religiosidad interior del poeta indio, esa ‘gran aventura de la vida entera`, según palabras del mismo Tagore. La autora lo hace con la voz, con la perspectiva con que lo hubiera intentado, de poderlo, cualquiera de nosotros: con la humana. Su estilo, claro y sosegado; sus alusiones, hasta esa constante presencia y luego de lo vegetal (lo vegetal, tema tan profundo y definitorio, siempre, en sus obras) tejen el diáfano tapiz de este libro, en torno de la figura de Tagore, al que sentimos cercano, puro, nuestro, igual que un niño, porque ‘los poetas son los hombres que han guardado intactos ciertos rasgos de la infancia. Y parte de la grandeza de los hombres radica en que no son sólo hombres como los demás, sino niños. Si fueran perpetuamente justos, sabios, infalibles en una palabra, los admiraríamos más, pero los amaríamos menos`. Y surge, así, nuestra pregunta fundamental: ¿conoceríamos nosotros, de no ser por Victoria Ocampo, el verdadero Tagore? ¿No sólo a éste, íntimo y bañado en una luz dulcísima, sino también al otro, al escritor, al poeta, al artista?

Hay una deuda que tenemos las generaciones más jóvenes para con Victoria Ocampo. Una deuda cuya valoración quizás fuese arriesgado intentar ahora, pero cuya importancia no puede soslayarse. Nosotros, siempre tan alejados del mundo de la cultura –del centro geográfico donde ese mundo hierve en lo que tiene de más representativo- tuvimos sin embargo, gracias a su obra infatigable, luminosas aproximaciones. A los que nos precedieron les tocó en suerte tratar directamente a buen número de las figuras máximas del pensamiento, del arte universal. Pero ella pensaba también, entonces, en nosotros, en los que vendríamos después. Sus libros se han dedicado, con devoción y con constancia ejemplares, a conservarnos vivos a esos hombres, a esas mujeres, algunos de ellos hoy casi legendarios. Basta abrir cualquiera de sus obras: están allí, existen, igual que ayer, frescos, incorruptos. A ellos se agrega hoy Tagore; y pocos tal vez comprendan cabalmente esta grande fortuna nuestra: la de tener, sólo para nosotros, algo que es y no es un documento, porque mal puede llamarse documento a lo que nace del amor. Amor en el propio trabajo, y hacia aquellos a quienes ese trabajo estaba dirigido. Amor que es a la vez confianza y, volviendo a las palabras de la autora, alegría. Amor que también Tagore comprendió, cuando, refiriéndose a Victoria Ocampo, escribía: ‘Por estas cosas digo que las mujeres, en Occidente, expresan su amor a través de acciones positivas, a través de algún servicio tangible. Su amor es una clase de amor que eleva, que enaltece`. Y así perdura: alto y elevando”.     

 

La frase

«Fui cuatro años voluntaria en un hospital psiquiátrico y ahora doy clases sobre el tema en la facultad de medicina. La psiquiatría, el psicoanálisis, la neurociencia y la filosofía nos explican lo que es un individuo y cómo todos nosotros somos vulnerables, podemos atravesar la frontera de la enfermedad mental muy fácilmente, incluso sólo un tiempo determinado, como ocurre con la depresión»  Siri Hustvedt )

John Banville, la agotadora carga de los recuerdos

Desde su temprana juventud y como muchos de sus compatriotas lo habían hecho durante siglos, el autor irlandés (Wexford, 1945) decidió seguir el camino de la migración hacia los Estados Unidos. Luego de los años de su experiencia americana y ya de regreso en su país, Banville eligió volcarse hacia el trabajo periodístico en The Irish Press, donde hasta llegó a ocupar al puesto de subdirector, para terminar haciéndolo en el diario The Irish Times.

Concluida su etapa como reportero, se lanzó por completo con sus textos de ficción en la que lleva una docena de novelas; entre ellas las que componen su conocida Trilogía de las Revoluciones: Copernico, Kepler y La Carta de Newton.  A las que le siguieron El libro de las pruebas y El mar, por las que fue una vez finalista y luego ganador del premio Booker. De manera más reciente, se ha hecho acreedor al Príncipe de Asturias de las Letras.

Sus obras se asientan en una prosa rica y descriptiva.  Pero más allá del estilo conserva además una curiosa particularidad, debido a que desde hace unos años ha sentido la extraña necesidad de desdoblar su personalidad literaria y, cuando su escritura deriva hacia el género negro, firma su autoría bajo el seudónimo de Benjamin Black; según sus propias palabras: “Porque –luego de haber escrito mil palabras- puedo irme a comer y sin más disfrutar de ello”. Sea como fuere, es evidente que por propia necesidad o por libre elección, se complace del hecho en cuestión y de este desdoblamiento de roles.

El pasaje a continuación pertenece a las páginas de inicio de una de sus más reeditadas novelas, Regreso a Birchwood, toda una reflexión sobre el peso de las relaciones de familia en la niñez, sus consecuencias en la vida adulta y, también, sobre el significado de la misma muerte. Hábil para predisponer al lector, desde sus primeras frases nos invita a sumergirnos en su historia a través del siguiente texto:

“Llegué en primavera. Era una mañana de un verde cristalino, fría y luminosa. Los sacos del carro estaban húmedos, el olor no me abandonaba, y tampoco el olor de los caballos, esas bestias inmensas de color pardo que piafaban y pisoteaban el camino, lanzando la cabeza hacia arriba, con  un destello en los ojos. Centelleaban las hojas de los árboles del bosque, retales de niebla avanzaban entre las ramas. Bajé la mirada hacia la fuente rota, hacia las hojas del año anterior hundidas en el agua estancada. La luz deslumbraba las ventanas de la casa. Sol y sombra barrieron el jardín, un pájaro trinó de repente, desgarrador, y abajo, en la superficie del estanque, una nube blanca se adentró en un cuenco azul de cielo.

La biblioteca es una habitación larga y estrecha. En el extremo sur, las paredes forradas de libros polvorientos se abren con un toque jovial a la cristalera blanca que asoma al bosque, más allá del césped. Aquel día cazaban en la hierba los mirlos, y también los tordos, pequeñas criaturas frenéticas entre gritos de guerra no más grandes que ellos mismos. Flotaba un olor a altramuces, y a mar, aunque más tenue. Los cristales de las ventanas estaban hechos añicos y unas hojas resecas cubrían la alfombra. Las esquirlas de cristal reflejaban cuñas de un estilizado azul celeste. Las sillas se agazapaban en una  inmovilidad amenazadora. Todas esas cosas que fingían estar muertas. Desde el descansillo mi mirada recorrió el lago y los campos en dirección al mar lejano. Qué azul estaba el agua, qué amarillo era el sol. Una mariposa revoloteaba por el jardín. Me esforcé por captar el infinito ruido que debían producir esas torpes alas. Tenía los puños mojados de lágrimas. No lloraba por los que ya no estaban. La gente es fácil de reemplazar, gracias a su abonable predisposición. Lloré por lo que había allí y aun así faltaba. Por Birchwood.

Creemos recordar las cosas tal y como eran, cuando en realidad lo único que nos llevamos al futuro son fragmentos que reconstruyen un pasado completamente ilusorio. Esa primera muerte que presenciamos será siempre un  murmullo de voces que se pierden por un pasillo y un reloj que se queda en silencio en la habitación a oscuras; el final del amor siempre son dos cigarrillos consumidos en un platito y una puerta blanca que se cierra. Había soñado tan a menudo con la casa en mis viajes que ahora se negaba a ser real, incluso mientras yo permanecía entre sus ruinas. No era con Birchwood con lo que había soñado, sino con un Birchwood de ensueño, entretejido de retazos y de fragmentos…”

La frase

«Para humanizar la vida hemos de reconocer sus límites. Esto está vinculado con la                     contingencia de nuestra existencia. Dentro de esos límites, es la ética quien nos ofrece el marco para vivir una vida más o menos humana. Por eso el compromiso ético es siempre subversivo»  Victoria Camps )

Hábitos de lectura

¿Cuáles son las razones que movilizan a un lector hacia el texto?; ¿Qué hay del peso de la conformación sociológica del individuo?;  ¿Qué incidencia tienen las nuevas tecnologías de la pantalla grande o pequeña?  De estos factores va el compacto artículo a continuación a cargo del sociólogo Jorge Komadina Rimassa, publicado en el diario La Razón de Bolivia, un país que se autoreconoce con falencias lectoras.

Es divertido escudriñar en las estadísticas mundiales sobre la lectura. Los lectores finlandeses y japoneses se cuentan entre los más bulímicos del planeta: 47 libros al año, según datos de la Unesco. El 60% de los europeos ha leído al menos un libro en el último año. Los datos para América Latina son mucho más modestos: en Chile y Argentina se lee un promedio de 5,4 y 4,6 libros al año. ¿Y en Bolivia? El 43% de los ciudadanos que habitan en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz afirma que no ha leído ningún libro al año. El 37,9 % leyó entre uno y tres libros. Solamente el 3,2 % de esa población lee más de 12 libros al año. Preferimos leer libros non fiction que novela, poesía, cuento, teatro. Leemos más periódicos que libros, a pesar de la expansión de los medios audiovisuales.

Estos datos son resultado de una encuesta realizada en 2017 por el Foro Regional de Cochabamba. La motivación más importante para leer es la educación, pero la proporción de estudiantes que no leen o leen poco es alarmante: el 49% afirmó que no lee libros. También es sorprendente lo poco que se lee en la esfera laboral. La preferencia por los formatos impresos (libros o fotocopias) es mayoritaria, pues alcanza más del 70%; solo el 16% son readers. Un 10,3% afirma leer alternativamente libros impresos y digitales, una cifra bajísima. Otro de los indicadores que permite apreciar los hábitos de lectura es la cantidad de libros que se compran: el 71% de los paceños, el 67% de los cruceños y el 67,9% de los cochabambinos no compraron ningún libro en el último año; estas cifras demuestran de manera elocuente la débil cultura del libro en Bolivia.

En realidad no existe una sola manera de leer, las capacidades y las situaciones de lectura son históricamente variables y dependen tanto del contexto, las motivaciones y expectativas como de los formatos del texto, que incluye una amplia gama que bascula entre los avisos clasificados y los tratados de filosofía. La lectura de libros digitales puede ser engañosa, pues no expresa ni la cantidad ni la variedad de textos digitales que se leen en la red: tuits, enciclopedias electrónicas, posts, revistas, fragmentos de textos científicos y literarios, historietas, cuentos, libros eruditos, notas sueltas, en fin.

La fragmentación de los textos produce una lectura aparentemente caótica que predomina entre los jóvenes que usan compulsivamente sus teléfonos inteligentes. No obstante, esos fragmentos suelen conectarse bajo la forma de un hipertexto sin formato material. Este hecho no es equivalente a un absoluto desorden, pues revela otro patrón de conexiones entre textos, una lectura donde predomina la contigüidad antes que la lectura “profunda”. No importa, las letras, hoy, surgen en los lugares más imprevisibles.

 

La frase

«Nos encanta generalizar: los franceses, los españoles, los ingleses, los ricos, los pobres, los   americanos, los rusos, los intelectuales, los parados los periodistas, la novela negra… Detrás  de cada uno de estos términos hay mil realidades distintas.  Si un novelista tiende a generalizar, hay que enviarle a la cárcel»  Bernard Minier )

Eva Baltasar, aferrada a la vida

La escritora (Barcelona, 26/8/78), autora de diez poemarios que la han hecho merecedora de varias distinciones, ha decidido dar el salto a la narrativa con  Permafrost. Novela que viene precedida de un gran reconocimiento en el último Sant Jordi y con la que se ha hecho acreedora del premio Llibreters del año 2018.

Pero quizás el mejor galardón venga de la aceptación de sus propios lectores, que en el caso de la barcelonesa llega precedido por la repercusión del boca oreja que tanto agrada a cualquier autor. Un hecho que en pocos meses haya llevado a la reproducción de la quinta edición del reconocido texto, y que bien podría hacer derretir a cualquier hielo eterno al que hace referencia el título en cuestión.

El Permafrost es la imaginaria capa aislante en la que, a modo de escudo protector, se refugia la protagonista del relato. Con ella intenta aislarse de la toxicidad de ciertas personas y de parte de la sociedad que la rodea y la juzga, entre otras cosas, por su lesbianismo. Tampoco son de su agrado los valores que sostiene su familia, que la hacen esgrimir el sarcasmo como su arma predilecta de autodefensa, más allá de coquetear con pensamientos suicidas. A pesar de ello, transita su existencia con la intensidad de un poseso, siente lo que dice y dice lo que piensa, y donde la comunicación con su propio cuerpo ocupa un lugar preponderante, con el sexo a modo de necesario hilo de conexión con la propia existencia.

Baltasar ha logrado construir un relato profundo y cargado de poesía, hasta llegar a  admitir que en él se deslizan algunos girones de sus propias experiencias, si bien advierte que su heroína no representa a su alter ego literario. Sea como fuere, su primera novela tiene los ingredientes necesarios para generar todo menos indiferencia a quien decida acometer su lectura.

De Permafrost el capítulo a continuación:

“Era francesa, marsellesa como el himno nacional, en realidad. El centro neurálgico de su belleza residía en el hecho de ser francesa. Yo estaba enamorada de su nacionalidad, un segundo rostro de facciones perfectas que se amoldaba al primero como una película casi transparente, pero con el encanto de los grandes clásicos. Se llamaba Roxanne y era más baja que yo. También tenía más estudios: un doctorado en literatura y títulos superiores de inglés, de alemán y de italiano. Además, tocaba el piano de maravilla. Tenía uno en su casa, en una sala grande que yo llamaba ampulosamente la sala del piano, donde tocaba largas piezas de memoria. Era lo que la mama habría dicho de buena familia y este ser de buena familia estaba presente en ella como una capa de barniz. De hecho, en cada uno de sus gestos, por insignificantes que fueran. Cuando abría una puerta, por ejemplo, hacía un movimiento muy particular con el mentón, elevándolo ligeramente hacia un costado a la vez que bajaba la mirada, y yo siempre tenía la impresión que daba por hecho que había alguno dispuesto a cederle el paso. Me cuesta explicarlo, pero ¡resultaba tan evidente cuando lo presenciaba!  Practicaba la escalada y, todo y que en aquella época no me podía ni imaginar sin ella, la primera vez que vi su cuerpo desnudo pensé que todas mis futuras amantes deberían de haber sido, previamente, grandes amantes de la escalada. Tenía unos músculos perfectos, vibrantes y recubiertos de una piel flexible e impecable. Cada postura suya en la cama constituía un estudio anatómico de una precisión inaudita, tan excitante como una primera visita a Buonarroti. Recuerdo sus abdominales, quietos e imponentes como el caparazón de una tortuga, y los arcos tensados de los brazos, los glúteos, los muslos y los gemelos, compactos como cráneos pensantes, centrados exclusivamente en mí, en mi placer, en alcanzar el extremo de mi placer. Nunca antes y nunca después he pasado tantas noches follando. Noches enteras, quiero decir, cinco y seis y siete horas de follar sin descanso, con ella generalmente encima.

‘Háblame en francés`, le pedía. Y ella me decía cosas que entendía y otras que no entendía  pero que no era necesario entender. Tenía suficiente con escucharla, con dejar que sus palabras penetrasen en mi cuerpo y me lo fundieran de una manera no previsible, extraña. Su voz me estremecía con violencia y me consumía con celeridad, como un copo de cabellos achicharrado por la brasa de un cigarrillo. Todo mi cuerpo se encogía y se retorcía en un instante, agredido por su acento como una oruga blandísima por un pico de acero. ¡Ah! Lo revivo ahora al escribirlo, y millones de células dentro de mí, pasan su cubos de agua encendida para ir a apagar no sé qué fuego. Veloces y ciegas. El cuerpo se me inflama haciéndome doler la pleura, tan poco avezada ya a seguirle el juego. Roxanne. Cuando la conocí se acababa de comprar un cámara fotográfica profesional. Y yo envidiaba su cámara, que se pasaba todo el santo día en sus manos. Tenía unas manos blancas de nudillos finos y yemas pulcras. Antes de tocar el piano extendía los dedos sobre el teclado, parecía como si reposaran por un momento, contenidos y dispuestos a la vez, como una fila de instrumental quirúrgico apareada antes de una intervención muy delicada. Después los articulaba con sutileza, los movía siguiendo las indicaciones de algunos músculos del cuello, que se accionaban milésimas de segundos antes que ellos. Yo la escuchaba y el sonido de las teclas del piano me penetraban como sus palabras, estremeciéndome y generando dentro de mí oleadas inexplicables y una especie de celo autocomplaciente. Seguía los movimientos ininteligibles de sus dedos, avanzando en el momento en que la pieza musical finalmente moría. Ella adoraba a Satie. ‘Es fácil`, decía. E interpretaba una y otra vez ‘Je te veux`, el número uno de las ‘Gymnopedias` y el dos de los ‘Nocturnos`. ‘Son larguísimos`, me quejaba yo. ‘Solo son tres minutos`, reía ella. Y los volvía a interpretar. Y yo me recreaba en aquella imagen de mi francesa tocando el piano. Pero a la vez moría en cada segundo. Y era una manera de morir muy digna y aceptable”.   

La frase

«Todos somos capaces de la mayor solidaridad y de la indiferencia más absoluta ante la        deshumanización; somos bondadosos y somos canallas, atentos e indiferentes. Algunas de las personas de las que más he aprendido, eran homicidas»   ( Francisco Moita Flores )

Joyce Carol Oates, conciencia crítica de América

Se la considera una de las damas vivientes de las letras y de las voces más respetadas de la literatura contemporánea de los Estados Unidos.

Lejano queda hoy el momento en que Oates (Lockpot, Nueva York, 1938) con 26 años publicó su primera obra de ficción: The Shuddering Fall.  A la fecha, su prolífica obra abarca un amplio espectro donde se incluyen más de sesenta novelas, entre las más renombradas: El jardín de los placeres terrenales, Ellos, Las hermanas Zinn, Solsticio, La hija del sepulturero, Mujer de barro, Cartago y otras; a las que se le suman relatos de todo tipo, libros de poesía, teatro y textos de no ficción. Una extensa producción que le ha valido el aplauso de crítica y público en su país y el extranjero; por la que ha recibido distinciones y galardones, como el Premio Nacional del Libro de Ficción o la Beca Guggenheim, además de ser una de las integrantes permanentes de la Academia Estadounidense de las Artes y de las Letras.

Como suele suceder, la escritora admite que su estilo recibe una vasta influencia de otros tantos autores, en un amplio abanico que va desde William Faulkner a Bob Dylan, quienes le han llevado a ir modificando su temática a lo largo de los años. Aunque más allá de las influencias, no cabe duda que en sus textos subyace una observación aguda y crítica de la sociedad americana, de sus gentes, de las costumbres arraladas y de las mutaciones a través de los tiempos; no en vano se ha hecho merecedora de la Medalla Nacional de Humanidades, que el presidente del país impone a distintas personalidades, quienes por su trabajo han dado a conocer los atributos humanos que componen a la nación toda.

En su última novela publicada Un libro de mártires americanos, tal vez con una crudeza nunca vista en sus textos, se hace explícito el choque entre las dos grandes corrientes de pensamiento que habitan la sociedad estadounidense: una atávica y tradicionalista y la otra liberal y más permeable a los cambios. Posturas que en su relato lo sintetizan  dos familias: los Dunphy y los Voorhees, quienes con su accionar, obligan a tomar partido a la comunidad en la que habitan.

De Un libro de mártires americanos, el siguiente pasaje:

   “’…Di una sola palabra y mi alma será salva`.

    El Señor me dio la orden. En todo lo acontecido no vaciló su mano.

   Se oyeron gritos.

   _¡Atrás!

   Apunté en primer lugar a Voorhees. El médico abortista dijo con su voz ronca y cortante:

   _¡Atrás! ¡Baje esa Arma!

   Y otros gritaron:

   _¡No! ¡No!

   El Señor ejecutó mis movimientos tan deprisa que los ojos del enemigo ni siquiera tuvieron tiempo de reflejar miedo o alarma. No manifestaron terror alguno, tan solo sorpresa pura y simple. Al avanzar por la entrada para automóviles tras la estela de la furgoneta Dogde de los abortistas con el arma apoyada ya en el hombro y los cañones alzados, hubo muchos que me miraron con asombro y sobrecogidos porque a los manifestantes se les había prohibido expresamente congregarse allí, al igual que desde hacía varios años se nos había prohibido presentarnos con nuestras pancartas o incluso rezar en el patio delante del Centro para Mujeres de Broome County; sin embargo allí estaba uno de nosotros, un soldado del Ejército de Dios, y del que algunos sabían que era Luther Dunphy, quien, desobedeciendo audazmente aquella prohibición, superó la barrera y sin la menor vacilación siguió a la furgoneta por la entrada de coches más deprisa de lo que nadie esperaría de un hombre de su tamaño.

   _¡Dios guía mi mano! Dios no permitirá que fracase.

   El enemigo conocido como Augustus Voorhees acababa de apearse de la furgoneta. Eran las 7.26 de la mañana. El centro para mujeres no empezaba a recibir a su clientela (es decir, mujeres embarazadas y mujeres convencidas de que no deseaban ser madres) hasta las 8.00. Al médico abortista (casi exactamente de mi misma altura, que es un metro ochenta y dos, y de pelo entrecano despeinado muy semejante al mío) se le había ocurrido llegar pronto para evitar así a los manifestantes y entrar por la puerta trasera del centro, pero pecó de insensatez en su astucia, porque la policía de seguridad de Muskegee Falls no solía presentarse hasta las 7.30 (y algunas veces más tarde), y para cuando la llamaran aquella mañana, Voorhees, herido de bala, se habría desangrado ya como un marrano. El abortista no me vio hasta que me encontraba a menso de dos metros tras él, acercándome muy de prisa, y la expresión en el rostro de su acompañante hizo que se volviera con un gesto de total sorpresa y conmoción.

   _¡No! ¡Atrás! ¡No…!

   Ya en aquel instante apretaba yo el gatillo, los cañones apuntándole por encima del pecho, así que el disparo del primer cañón derribó a Augustus Voorhees y le arrancó la parte inferior de la mandíbula y la garganta, dejando una herida terrible de ver, como si el Señor hubiera mostrado su cólera con un único zarpazo de una garra enorme; porque previsoramente yo había apuntado alto, dado que ignoraba si el asesino abortista llevaba chaleco antibalas. (Más adelante se supo que no se protegía así, desdeñoso del destino que le esperaba). A pesar de aquel espectáculo, cuando aún resonaba la ensordecedora descarga, el Señor dio firmeza a mis manos mientras con toda tranquilidad encañonaba a su ´acompañante` y cómplice, muy cerca ahora, que gritaba ´¡No! ¡No! ¡No dispare!` con torpe desesperación mientras trataba de alejarse y se protegía débilmente el cuerpo con brazos y manos; pero aquellas palabras llegaron demasiado tarde, y les hice tan poco caso como a los graznidos de los pájaros de plumas negras agolpados en el cielo invernal sobre nuestras cabezas mientras el segundo disparo le destrozaba la cara y gran parte de la garganta, proyectando hacia atrás su cuerpo ya sin vida al igual que había sucedido con el de Voorhees, también inerte, los dos cadáveres junto sobre el asfalto, delante de la furgoneta, derramando sangre en abundancia en muy pocos segundos, tal como Dios lo había querido.

   Con el éxtasis del Señor recorriéndome los brazos y las manos como se tratara de electricidad, apenas me impactó el retroceso del arma en el hombro, semejante a la coz de una mula; solo sentí el entumecimiento posterior, y el dolor en lo más hondo del hueso.

   _¡Dios se apiade de ti! Que Dios te perdone…”

La frase

«Todos hemos atravesado a una mujer para salir a este mundo. De hecho, las primeras diosas   fueron maternidades. Por eso creo que los sacerdotes deberían ser mujeres, porque son un canal de verdad y de resistencia. A pesar de que, desde el Neolítico, han sido aplastadas»                                                                                                                                                Manuel Vicent )